El feminismo tradicional es un movimiento que trabaja en la búsqueda y construcción de la equidad de género, entendiendo ésta como “la justicia en el tratamiento a mujeres y hombres de acuerdo con sus respectivas necesidades”(Arrieta, 2013)[1].
En este sentido, se puede advertir que el feminismo tradicional reconoce las diferencias existentes entre hombres y mujeres, y que su accionar se orienta a la superación de la dominación masculina, lo cual no significa que se intercambie la relación de poder, es decir, el feminismo no busca que las mujeres dominen a los hombres (eso es hembrismo), sino que busca que a cada cual se le dé según sus necesidades y vivamos en condiciones equitativas.
El feminismo tradicional parte de la siguiente lectura de la realidad: en la dimensión espacial al hombre se le ha atribuido el espacio público (política - Estado - negocios) y la mujer el espacio privado (educación de los hijos - cuidado - hogar); es así como se han re-producido relaciones de poder entre hombres y mujeres, donde los hombres juegan el rol dominante-activo y las mujeres el rol sumiso-pasivo, esto hace que cuando una mujer habite el espacio público sea discriminada y se dé una distribución desigual de los recursos.
La distribución desigual de los recursos no sólo se da de acuerdo al sexo de las personas, sino que también se da de acuerdo a la clase a la que éstas pertenecen. Por ejemplo, un ingeniero civil trabaja en la misma empresa con su colega femenina, cumpliendo las mismas funciones, no recibe el mismo sueldo; en este caso “hipotético” el hombre gana más, lo que podría entenderse como discriminación contra la mujer; sin embargo, si comparamos la situación de la ingeniera y el ingeniero con la situación de una de las mujeres encargadas de hacer el aseo en la misma empresa, aquí ya no sólo encontraremos que hay discriminación por sexo sino también por clase.
En el breve acercamiento que acabo de realizar sobre el feminismo tradicional se puede advertir que la lectura que éste hace de la realidad se centra en las diferencias que existen entre hombres y mujeres, pero ¿qué pasa con los cuerpos que no encajan dentro de las categorías de hombre o mujer? ¿Dónde están los cuerpos intersexuales? ¿Dónde han quedado los cuerpos trans? ¿Dónde están las mujeres afro que son lesbianas?
¿Cuál es el lugar que se le asigna a una persona que nació con genitalidad masculina, se le asoció el género masculino, se socializó dentro de este mismo género, pero se identifica con el género femenino?
Se podría pensar que como es un “hombre” (por su genitalidad) estará en el espacio público, pero si este “hombre” a sus 17 años transita al género femenino entonces ¿estará en el espacio privado?
Una persona intersexual (con genitalidad no definida) ¿ocupara el espacio público o privado?
Las personas no nos dividimos entre hombres y mujeres, pues existen y resisten una multiplicidad de cuerpos que escapan a las categorías binarias. Estos cuerpos desviados, monstruosos, raros, maricas, amachados, bolleros, emergentes y subversivos no fueron tomados en cuenta por el feminismo tradicional. En parte es esto lo que las multitudes queer van a criticarle al feminismo tradicional, y es por esto que en los 90’s se empieza a construir lo que hoy se conoce como postfeminismo.
El postfeminismo reconoce los avances del feminismo tradicional pero amplía la mirada, abarcando otrxs cuerpos que no son nuevos, sino que antes eran invisibilizados por los cuerpos blancos-heterosexuales-cisgénero-burgueses.
Este escrito es una invitación a ampliar el horizonte, es una provocación a conocer sobre el postfeminismo y reconocer los cuerpos que no están dentro de la norma.
Vanessa Londoño Marín
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